
He aprendido a usar esparadrapo, unas esposas, también un látigo. Todo es para uso propio. Esparadrapo, esposas y látigo. Me tengo que castigar. Es así. Quizás sea mandato de la Iglesia, o quién sabe, de mis tutores, de mi subconsciente o del consciente más cercano. Qué más da. Así, callada, amordazada, siendo presa del mundo, del mío, ese que tan mal actúa y tanto odio me genera, siendo presa del mundo ajeno, del general de cualquier mierda de mundo que exista. Y el látigo, porque fustigarse es lo que debería hacer el mundo entero. Así cada cual optaría por quedarse aún más solo o fustigarse todos juntos, por amor al grupo, a la comunidad. Suframos juntos, comamos las lágrimas vertidas y escupámonos, unos a otros. Un ciclo vital.
Después echaremos abajo los muros que nos bloquean y nos partiremos las manos, y la sangre, esa que sigue derramándose será preciosa, ahora será bella, exquisita, la anhelaremos y acabaremos por hacerla perpetua en nuestros dedos.
Qué sabor amargo deja la historia común.
Antiguamente, en mi otra vida, yo era de tirar el vino por la mesa mientras recitaba falsas poesías, las esposas puestas en las manos de pubertosos, con el esparadrapo cubriendo sus pezones para el placer ajeno. Ver, ver, tocar.
Yo les sacaba los corazones secos, los mordía y me quedaba estupefacta con esas muertes importantes. Importante de alma, de persona, de manos.
Un sinsentido como otro cualquiera.









que guapa..



































































